La
Escuela como Centro de Cambio
Política
Educativa
La
nueva política educativa, la persona: centro del proceso educativo y sujeto
transformador de la sociedad, aprobada en noviembre del 2017, busca establecer
una serie de acciones y estrategias orientadas a potenciar el desarrollo
integral del estudiante.
El
objetivo que el MEP persigue es modificar el sistema de evaluación en los
centros educativos con el fin de que los estudiantes no solo memoricen un
contenido sino que puedan dominarlo.
Poner al centro
educativo en el centro del cambio
“Lo que hay es
una brecha creciente entre las necesidades sociales de Educación y los
resultados que el Sistema Educativo es capaz de generar”. El cambio es necesario
y urgente al menos por dos razones. Primera porque las altas tasas
de fracaso escolar, de abandono temprano y de repetición de
curso que presenta el sistema educativo español son insostenibles y nos
están indicando que aún no hemos resuelto bien el paso de un sistema educativo
selectivo a otro formativo y inclusivo. Segunda, porque los sistemas
educativos, como señala Enguita, deben dar respuestas al
menos a tres grandes retos:
digitalización, globalización y naturalización del cambio.
Ambas razones están directamente
relacionadas con el modelo educativo, con la organización escolar y con lo que
podríamos llamar como una ‘nueva’ cultura del aprendizaje. Con pasar de un
concepto de aprendizaje centrado en la reproducción de lo aprendido a otro
centrado en la capacidad de transferirlo. Por entender que aprender hoy es
ser capaces de apropiarnos de nuevos conocimientos que nos permitan interpretar
el mundo de otra manera. Ser capaces de relacionar lo nuevo con lo que ya
sabemos. Ser capaces de usar el conocimiento adquirido en situaciones distintas
a aquellas en las que se aprendió y, por tanto, que enseñar pasa por dotar
a los alumnos de estrategias (análisis del problema, selección de la estrategia
de intervención, ejecución y evaluación) para abordar nuevos retos.
Enseñar es desarrollar la inteligencia
de nuestros alumnos, entendida como lo hizo Jean Piaget como
un “saber lo que hacer cuando no sabemos qué hacer“. O como
dice Philippe Perrenoud (Cuando
la escuela pretende preparar para la vida), por entender que “la formación
que necesitamos es aquella que nos permita dar respuesta e intervenir de la
manera más apropiada posible con respecto a los problemas y cuestiones que le
va a deparar la vida en todos sus ámbitos de actuación”.
“La Educación
Escolar se ha vuelto mucho más compleja” Educar en la escuela (escolarizar) se
ha vuelto un asunto de gran complejidad. Primero porque los alumnos
hoy son más y mucho más diversos que los de hace unas décadas, lo que nos
exige, entre otras cosas, una capacidad de atención a la diversidad (véase
personalización de la enseñanza) para la que no estamos preparados. En las
últimas cuatro décadas, hemos pasado de escolarizar poco a la mayoría y mucho a
una minoría a escolarizar prácticamente a toda la población por un mínimo
obligatorio de diez años y, en la práctica, por quince años o más a casi todos.
Y ese aumento ha traído consigo una enorme de diversidad dentro de las aulas
que hay que gestionar cada día. Atender a la diversidad es ser capaces de
diversificar nuestras formas de enseñar.
“La
función del maestro ya no es exclusivamente transmitir saber. Es ayudar a los
alumnos dirigir ese saber a ser más críticos y más reflexivos. Ano podemos
tratar a nuestros alumnos como pizarras en blanco.” Por si fuera poco, los
dos principales actores del acto educativo, alumnos y maestros, no están
satisfechos ni con lo que se aprende, ni con cómo se aprende, ni con los
resultados obtenidos, ni con la percepción social sobre su desempeño. Hasta el
límite que es común oír hablar del malestar docente (José
Manuel Esteve)
y cada vez lo es más del malestar discente. Un malestar que se
manifiesta entre otras cosas en una profunda desmotivación. Desmotivación en
primer lugar de nuestros alumnos. Pero desmotivación también de los docentes.
Necesitamos motivar (mover) a
los alumnos, dice el adagio popular. Y eso pasa por moverles hacia el
aprendizaje. Pasa por ofrecerles un aprendizaje no solo
significativo (desde lo que ya conocen) sino también, como dice
Pozo, un aprendizaje con sentido, es decir, establecer unas metas
definidas, valoradas y alcanzables. Motivar es, por tanto, hacer que
nuestros alumnos se sientan capaces de alcanzar las metas. Exigir por encima de
las capacidades es desmotivador. Pero exigir por debajo tampoco motiva. Hay que
trabajar en lo que Vygotski denominó la “zona
de desarrollo próximo”, es decir en la distancia que queda entre lo que uno puede
hacer solo y lo que puede hacer con la ayuda de otros.







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