sábado, 17 de noviembre de 2018

LA ESCUELA COMO CENTRO DE CAMBIO


La Escuela como Centro de Cambio

Política Educativa
La nueva política educativa, la persona: centro del proceso educativo y sujeto transformador de la sociedad, aprobada en noviembre del 2017, busca establecer una serie de acciones y estrategias orientadas a potenciar el desarrollo integral del estudiante.
El objetivo que el MEP persigue es modificar el sistema de evaluación en los centros educativos con el fin de que los estudiantes no solo memoricen un contenido sino que puedan dominarlo.



Poner al centro educativo en el centro del cambio
“Lo que hay es una brecha creciente entre las necesidades sociales de Educación y los resultados que el Sistema Educativo es capaz de generar”. El cambio es necesario y urgente al menos por dos razones. Primera porque las altas tasas de fracaso escolar, de abandono temprano y de repetición de curso que presenta el sistema educativo español son insostenibles y nos están indicando que aún no hemos resuelto bien el paso de un sistema educativo selectivo a otro formativo y inclusivo. Segunda, porque los sistemas educativos, como señala Enguita, deben dar respuestas al menos a tres grandes retos: digitalización, globalización y naturalización del cambio.

Ambas razones están directamente relacionadas con el modelo educativo, con la organización escolar y con lo que podríamos llamar como una ‘nueva’ cultura del aprendizaje. Con pasar de un concepto de aprendizaje centrado en la reproducción de lo aprendido a otro centrado en la capacidad de transferirlo. Por entender que aprender hoy es ser capaces de apropiarnos de nuevos conocimientos que nos permitan interpretar el mundo de otra manera. Ser capaces de relacionar lo nuevo con lo que ya sabemos. Ser capaces de usar el conocimiento adquirido en situaciones distintas a aquellas en las que se aprendió y, por tanto, que enseñar pasa por dotar a los alumnos de estrategias (análisis del problema, selección de la estrategia de intervención, ejecución y evaluación) para abordar nuevos retos.


Enseñar es desarrollar la inteligencia de nuestros alumnos, entendida como lo hizo Jean Piaget como un “saber lo que hacer cuando no sabemos qué hacer“. O como dice Philippe Perrenoud (Cuando la escuela pretende preparar para la vida), por entender que “la formación que necesitamos es aquella que nos permita dar respuesta e intervenir de la manera más apropiada posible con respecto a los problemas y cuestiones que le va a deparar la vida en todos sus ámbitos de actuación”.

“La Educación Escolar se ha vuelto mucho más compleja” Educar en la escuela (escolarizar) se ha vuelto un asunto de gran complejidad. Primero porque los alumnos hoy son más y mucho más diversos que los de hace unas décadas, lo que nos exige, entre otras cosas, una capacidad de atención a la diversidad (véase personalización de la enseñanza) para la que no estamos preparados. En las últimas cuatro décadas, hemos pasado de escolarizar poco a la mayoría y mucho a una minoría a escolarizar prácticamente a toda la población por un mínimo obligatorio de diez años y, en la práctica, por quince años o más a casi todos. Y ese aumento ha traído consigo una enorme de diversidad dentro de las aulas que hay que gestionar cada día. Atender a la diversidad es ser capaces de diversificar nuestras formas de enseñar.

La función del maestro ya no es exclusivamente transmitir saber. Es ayudar a los alumnos dirigir ese saber a ser más críticos y más reflexivos. Ano podemos tratar a nuestros alumnos como pizarras en blanco.” Por si fuera poco, los dos principales actores del acto educativo, alumnos y maestros, no están satisfechos ni con lo que se aprende, ni con cómo se aprende, ni con los resultados obtenidos, ni con la percepción social sobre su desempeño. Hasta el límite que es común oír hablar del malestar docente (José Manuel Esteve) y cada vez lo es más del malestar discente. Un malestar que se manifiesta entre otras cosas en una profunda desmotivación. Desmotivación en primer lugar de nuestros alumnos. Pero desmotivación también de los docentes.

Necesitamos motivar (mover) a los alumnos, dice el adagio popular. Y eso pasa por moverles hacia el aprendizaje. Pasa por ofrecerles un aprendizaje no solo significativo (desde lo que ya conocen) sino también, como dice Pozo, un aprendizaje con sentido, es decir, establecer unas metas definidas, valoradas y alcanzables. Motivar es, por tanto, hacer que nuestros alumnos se sientan capaces de alcanzar las metas. Exigir por encima de las capacidades es desmotivador. Pero exigir por debajo tampoco motiva. Hay que trabajar en lo que Vygotski denominó la “zona de desarrollo próximo”, es decir en la distancia que queda entre lo que uno puede hacer solo y lo que puede hacer con la ayuda de otros.


domingo, 21 de octubre de 2018

Convicciones Filosóficas en Educación



 La Filosofía de la Educación se puede describir como un campo de investigación y de enseñanza académica que limita el alcance de este ámbito a las actividades de un pequeño grupo de profesionales que 
trabaja esta área específica.


 Las convicciones y los valores son factores fundamentales que intervienen en la dinámica del fenómeno educativo. La transmisión de convicciones y valores implica responsabilidades jurídico-políticas y pedagógicas para los agentes educativos.

Dado que la educación es el proceso de formación del hombre en la vida social y para la vida social, o la asimilación de las experiencias que preparan para la vida humana, se entenderá que la Filosofía de la Educación estudia las leyes, las situaciones y los fenómenos del mundo, del hombre, de la sociedad y de la cultura en relación con el proceso de la formación humana a partir de las posiciones filosóficas.



El concepto de “convicción”, cuando se refiere a los sujetos, puede entenderse como un estado subjetivo que reúne simultáneamente dos cualidades: la certeza acerca de la verdad afirmada, y la pacífica posesión de esa verdad en forma de una racionalidad cordial
  
En la práctica, las convicciones pedagógicas se manifiestan más a través de los aspectos metodológicos y organizativos de la enseñanza que en los contenidos curriculares concretos. Las convicciones pedagógicas constituyen el fundamento desde el que establecer y justificar aquellos procesos educativos que, respetuosos con la dignidad de la persona humana, promueven formas particulares de organización pedagógica y/o metodologías de enseñanza.

  • La Responsabilidad de la Educación. La transmisión de valores y convicciones en las sociedades democráticas está socialmente reconocida y asociada a diversos agentes educativos tales como las familias, los profesores, los colegios. Además suele incluirse un cuarto agente, el Estado. Sin embargo, las relaciones entre los diversos agentes responsables de la transmisión y formación de convicciones en los sujetos que se educan no es una cuestión pacífica, y frecuentemente se producen tensiones entre unos y otros, y entre los diversos valores en disputa.

“Neutralidad” y “Beligerancia” en educación



La beligerancia es el compromiso activo del agente educativo por transmitir de forma explícita y comprometida unos valores y convicciones determinados por encima de otros.

La neutralidad es la actitud de quien, ante un conjunto de opciones existentes respecto de un objeto determinado, no apoya a una (o varias) de ellas por encima de las demás.

Pueden llegar a extremos igualmente perniciosos, como el adoctrinamiento, la manipulación, la propaganda o el relativismo.

Hay que tener presente que la función profesional del educador no es la de transmitir sus propias opciones, convicciones, creencias religiosas, ideologías o políticas.

Asumir una actitud de neutralidad o beligerancia no sigue necesariamente del hecho de tener o no tener unas preferencias personales, sino del hecho de manifestarlas o no, y de actuar o no en función de tales preferencias en el contexto de la actividad educativa. En la enseñanza, tanto la neutralidad como la beligerancia deberían examinarse en función del proceso educativo, como un procedimiento o técnica y no como una posición personal del educador. Pueden entenderse como aspectos opuestos o excluyentes.
 Otro de los aspectos más complejos de la neutralidad y la beligerancia es la relación que se establece entre escuela y profesor, entre ambos con los padres y las relaciones entre centros docentes y familias respecto al Estado.


Estado y Educación
El Estado debe reconocer el derecho a transmitir una serie de convicciones que sean diferentes a las del Estado. También los centros promovidos por las Administraciones públicas pueden orientar su enseñanza hacia determinados valores o convicciones elaborando su propio proyecto educativo. El carácter obligatorio de la escuela, no se impuso directamente a los menores sino a las familias, entre otras cosas, como un medio para evitar la explotación de su fuerza de trabajo.

La función social y educativa de la escuela representa la responsabilidad que el conjunto de la sociedad asumen frente a las nuevas generaciones.
Partiendo del reconocimiento del derecho del Estado a ejercer un control en los procesos educativos y las instituciones docentes, es preciso analizar también de qué manera se autorregula este poder y se impone una serie de límites.

Los centros públicos tienen que ser, por imperativo legal, ideológicamente neutrales. Los centros públicos tienen que ser, por imperativo legal, ideológicamente neutrales. Deben “desarrollar sus actividades con sujeción a los principios constitucionales, garantía de neutralidad ideológica y respeto a las opciones religiosas y morales”. Esto es lo que se ha llamado “ideario educativo constitucional”.